"Que la poesía pague los destrozos" escupe Algeet
mientras mi corazón se achica entre un dolor que no sé reconocer,
ante el reflejo escandaloso del portátil a la 1.27am
de un día cualquiera
en algún mes donde agoniza un invierno con ausencia de sol.
Se me atora en la garganta estas ganas de gritarle
que yo podría echar por tierra cada uno de mis planes
por colgarme de la comisura de su risa,
que en las noches me quedo despierta a su lado sólo por verle amanecer,
que podría borrar de un soplido todas sus dudas
y escribir su nombre con gotitas de café sobre mi mesa
a cambio de morder su aliento entre mis labios.
Comencé a vertir el liquido de sus palabras para respirarle
e intentando hacer un poema triste,
una madrugada cualquiera, mientras lloraba,
terminé escribiendo sobre las razones que me sobran
para comprar mil veces el boleto que me lleva a entre sus piernas.
Bajo la lluvia comprendí que ya no tenía amuletos para atarme a su heridas
y que mis anclas se pudrieron con los daños,
con el abandono de puertos,
y con el destrozo de los mares que provocó cada desamor,
pero que me jugaría un campeonato entero por sentir su mano apretar la mía o por el mínimo roce de sus dedos por mi cintura.
Comprendí que cuando mi mundo se llenaba de nubes,
de esas que lastiman si las miras fijamente
estaría su voz,
cantándome sobre como escalar montañas que no nos llevarían a ningún sitio,
pero que la travesía era en sus brazos
y me bastaba su invitación,
para tirar por suelo los cordones de mi tristeza.
Que cuando mis días se llenaban de angustia,
de ausencias
y coloridas melancolías
bastaría recostar el milagro de sus gestos sobre mis rotos relojes
y verle descomponer con tanta propiedad cada uno mis miedos
corriéndolos
matándolos
gritandome sin pronunciar una sola palabra
que la vida estaba allí,
en cada punta de mi cabello
en cada bostezo entre películas
que no tenía motivos para estar triste
y que si me los creaba él me pintaría los paisajes más bonitos.
Que lo he visto susurrarme en todos los formatos y en todos los tonos de voz
que quizá sea yo el centro de su universo,
que me ha dicho con su pupila
que soy ese hegemónico conjunto de locura que ha sido capaz de sacarle un carcajada cuando su mundo,
al que pocas hemos entrado,
se destruye.
Que he descompuesto cada uno de los segundos en que mi corazón palpita fuerte al tenerle cerca,
para guardar cada instante en botellas que arrojo mar adentro de mis recuerdos,
que ninguna luna brilla más que su mirada al decirme que me ama
y que las estrellas se acojonan al ver que en la noche se ven opacadas por luz que desprende sus manos al estar en calma.
Que intente escribir un poema triste
pero no pude,
porque nadie puede estar triste si coincide con su existencia.
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