viernes, 9 de octubre de 2015

Mayo

Existiendo tantas formas de morir 
yo siempre he preferido la letra
esa que te desgarra la garganta al pasar
la que escupís con fuerza lejos de vos
porque tenerla entre los parpados te duele.

Habiendo tatas formas de sufrir, yo siempre
he preferido amar
volcarme en esos amores que nos rompen la razón
y nos trastocan la piel,
esos que deambulan entre los
versos de Benedetti
y que terminan brincando
entre las lineas de la prosa de
Bukowski.

El frío recorre mis poros
y la ciudad esta a 40 grados
mis manos tiemblan y la vista me desaparece
entre las hojas y ausencias.

La respiración se dificulta
y la presión en el pecho se agudiza
y tropiezo fuertemente 
en ese instante limite entre la desesperación
y la necesidad urgente de llorar.

Ese dolor en la piel que provoca vivir
esas ganas de no sentir ya más
esa incapacidad de escribir
cuando lo único que se quiere es morir
ese dolor tan generalizado
que te va desde la punta de las uñas
hasta la propia bilis,
toda ese peso sobre las vertebras
quiebra,
y te deja viva, agonizando mentalmente
sobre el colchón húmedo de soledad
a las 10.26 pm.

23

A los 23 años
había sustituido los intentos de suicidio
por tatuajes,
le gustaba recoger caracolas de los caminos
y se distraía fácilmente con el vuelo
de las hojas.

A sus 23 años
disfrutaba los paseos por los cementerios
más que las películas acompañada de los domingos
comía verduras sin sazón 
y lidiaba con una sutil adicción al café.

A sus 23 años
ya había tocado la puerta de 4 terapeutas
le entristecían por las tardes las canciones de jazz
y tenía decorado sus recuerdos
con dibujos cronopiados.

Tenía a sus 23 años
ordenadas las tristezas en profesiones de mediodía
almacenadas las compulsiones bajo
las almohadas de la cama que nunca usaba,
se oxidaban ya sus sueños en el cajón vacío del futuro
y dormitaban sus ganas de vivir
cada vez en riscos más elevados.

Tenía 23 años
y un cúmulo gigante de errores bajo el vestido
tenía 23 años y una pared
indestructible consolidada con sus miedos
tenía 23 años y jugueteaba 
a besar cicutas extintas.

Tenía  23 años y se sentía
sólo por segundos viva.

Días tres.

-diciembre pasado-

“Estoy tomando espacio” dijo él. 

Ella, sin quererlo realmente como muchas de las cosas que habían sucedido en sus últimos días, dijo “está bien”.
Jamás tuvo la valentía de decir lo que sentía y pensaba, le resultaba más cómodo encerrarse en su mente con castillos de ideas. La comunicación entre ambos esos 3 días fue escasa y muy fría, ella estaba cada instante más cerca de un colapso total o de la plena locura, los días y las noches le resultaban lo mismo, descuidó  por completo su aspecto físico, su vida se limitaba a  estar en su cama bajo las sabanas, darse atracones alimentarios, llorar todo el tiempo, sobre toda las cosas y obsesivamente esperar un mensaje de él.

Olvidó lo que era dormir,  regresó a los fármacos  somníferos los que solamente la hacían dormir unos minutos, de 20 a 40, cuando tenía suerte, la otra parte del tiempo, la pasaba en estados alterados de conciencia. 

El tiempo pasaba y el dolor que sentía se agudizaba, comenzaba a gritar cuando llorar no era suficiente, comenzó a caminar en círculos cuando morderse dejó de calmarle la ansiedad, comenzó a acostumbrarse a sentirse miserablemente sola nuevamente.

Las últimas horas la inundo la batalla emocional, sabía que no debía llamarle, sabía que debía dejarlo estar bien aunque ella se estuviese cayendo a pedazos, pero quería hacerlo, quería de alguna forma salvarse. Ella sabía que él podía salvarla de ese abismo en el que estaba cayendo lentamente, ¿qué pasaría en su mente? ; se preguntaba constantemente  mientras lloraba sobre el dolor, que era lo único que le quedaba de su gran amor.

"Es un dolor que me infringí  sola", "no está mal sufrir cuando has querido de verdad", "estaré bien"; se repetía inútilmente mientras desliaba sus dedos sobre el teléfono.

Finalmente, marcó.

Él no descolgó.


-suspiro-

Viejo.

Nunca nadie me hizo sentir igual al rozar mi cabello
me gustaba como deslizaba la punta de sus dedos
por todos mis despeinados mechones
y dejaba en el ese olor cliché a cigarros viejos.

No encuentro lugar en mi memoria
dónde no este su voz, 
sus gestos, 
su olor.

Me senté nuevamente sobre su cama más de un año después
y el lugar era totalmente extraño
ya no existía ese aura de misterio inaccesible
ya no era un lugar dónde pocas veces se me permitió entrar.

No recordaba ese lugar con ese sabor, 
en mi memoria seguía siendo una habitación con vida
y no el desfile de penumbras que fue los últimos
meses.

Los años pasaron y sus recuerdos se fueron quedando quietos
ya no me asaltaba ese dolor en el pecho al pensarlo
ya no se me escapaba esa sonrisa de complicidad
al tocar a diario los restos de un collar
el olor a el se disolvió y lo olvidé.

Olvide los millones de recuerdos acumulados
desde la niñez
olvide su rutina memorizada,
sus objetos fueron acomodándose a mi entorno
su barco de papel, su llavero empolvado, todo
se acomodo a la rutina de mis días.

Olvide el sonar de sus pasos a las 7 en punto
olvide la página del libro que nunca terminamos
olvide el sabor a tu comida
y el eco de tu risa.

La lluvia lo aplastó todo
y volver a su reposo no movió nada en mi
no volví a verle en sueños

no volví a sentir su piel
y con el goteo de los años
también olvide extrañarle.