A la mierda la esperanza
a la mierda la razón
la sublime agonía de la miseria nos traspasa la existencia
la mediocridad no hay cigarro que la calme
no hay borrachera que la apague
La verborrea insignificante de existir
la culpa convirtiéndose en nuestra piel
negra, blanca, amarilla, la que sea
melanina y culpa nos cubre las podridas entrañas
Culpas resagadas
guardadas en cajones y fotografías
culpas sangrantes,
chorreantes como lava volcánica por los lentos días de nuestra semana
nuestros días opacos de tanta desesperanza
de tanta bazofia
Cúmulos de culpas apiladas al lado de la cama
ordenadas alfabéticamente en el armario
tirabas sobre los basureros en las esquinas
prostituyéndose en las noche por cada venida
Culpa de ser puta
de ser violada
de fracasar
de vivir
de nacer
de desatinar
de amar equivocadamente
de no poder morir
Carrusel de estúpida culpa
culpa palpitante en la teta izquierda
culpa golpeándome en la sien
culpa vomitando tras una comida
culpa, culpa, culpa
culpa madre de cada fracaso
cada caída
cada autodestrucción.
sábado, 30 de septiembre de 2017
viernes, 22 de septiembre de 2017
Narración de hechos inservible.
Faltan algunos días para mi cumpleaños número 24 y ante la infaltante pregunta de "¿qué querés de regalo?" yo solo quisiera contesta: estar muerta. Más allá de lo poéticamente adorable que es la figura de la muerte, quisiera de verdad estar muerta.
Y no aspiro a una muerte rimbombante, llamativa o pretenciosa, deseo meramente la inexistencia.
Tenía 10 meses de haberme mudado a la Ciudad de la furia, una ciudad llena de prontitud. De esa prontitud relojeada que suele cortar el apetito.
Víví 10 meses llenos de todo lo que llena la vida y comencé a tenerle de nuevo un gusto a los cigarros a escondidas y a las mordidas. Viví con quien entonces era el hombre que amaba, mi novio y con un gato.
No superaba mi rutina al promedio de la ciudad, un trabajo mediocre y mal pagado, jefes prepotentes, incapacidad académica a causa del cansancio, depresión nocturna por sentir que se echa la vida a la basura y un vicio permanente para placebo de tanta mierda. En mi caso, belmont azul.
El curro, la universidad y mi departamento estaban bastante cerca, no me salía de una región de 9 cuadras para desarrollar a plenitud mi día. Una jaula bastante grande que no evitaba sentirme suicida todas las noches.
El tiempo me compaginó con un amigo que no veía hace algunos años, el reencuentro fue casual y no desagradable. Compartiamos gustos y vicios por lo que no fue difícil que surgiera la típica frase "Pásate por mi apartamento y fumamos". Pasó una vez, otra vez y así algunas más.
Era marzo, era viernes y era 10. Llovía, johder si que llovía. Era nuestro mesesario y había tenía una pelea con mi novio (primer error), el había salido con sus amigos y yo salí inesperadamente tarde de trabajar.
Camino a casa a las afueras de un bar me encontré con mi vecino-amigo y me convenció de ir a su apartamento, había montado una fiesta con personas conocidas. Segundo error.
Llegamos y a partir de aquí las ráfagas de recuerdos golpean un tanto más fuertes. Ellos bebían cerveza y yo fumaba los incambiables belmont azules. Había tenído un día especialmente agotador, así que planee hablar un poco con todos e irme lo más pronto posible. Justo cuando ya me iba, uno de ellos accidentalmente me tiró cerveza en la ropa, por lo que entré al apartamento a intentar quitarme el olor. Tercer error y de aquí en delante, cada respiro lo fue.
Quité mi camisa para limpiarla y como estaba segura que todos estaban afuera no creí necesario poner cierre a la puerta del baño. Ocurre. El vecino-amigo, que llamaré a partir de aquí el idiota entro a la habitación. Estaba lo bastante borracho para tambalear como un borracho pero no lo suficiente para descoordinar como uno.
Me tomó del antebrazo con la suficiente fuerza para hacerme sentir miedo. Dije una única vez, soltame. Todo pasó tan rápido y a la vez tan lento, Me tomó del cabello y me tiró a la cama, sentí libertar y profundidad al caer, quise estar muerta. Enloquecí y grite entre tanto llanto que me ahogaba, estaba aterrada. Comenzó a ocurrir y yo no podía creer que esto estuviera pasando de nuevo, yo no podía creer que ésto estaba matándome de nuevo.
Estaba asustada, me comenzó a tocar el clítoris con tanta brusquedad que dije "Me duele" y él se detuvo. Respiré y le dije "no me hagas daño" el idiota estaba lo suficientemente exitado para que pudiera sentirlo, tomó mi mano y la puso sobre su pene, sentí asco e intenté correr. Me halo por el brazo y me dijo "vos aquí te quedás puta" y ahí asumí que no podía hacer nada, que gritar no serviría de nada y no podía salir de ese cuarto en el que asquerosamete sonaba Joaquín Sabina.
Sentía hundirme, sentía la sangre correr por cada una de mis venas, sentía tanta culpa conmigo misma por haber actuado tan irresponsablemente, si, estaba culpándome.
Su olor a cerveza me destrozaba los sentidos, no sabía que alguien podía ser tan fuerte hasta que puso su mano sobre mi pecho y o no podía moverme ni un poco. "No deberías hacer ésto" dije y él, que a este punto no sabía si realmente estaba ebrio, sonrió y se alejó de mi. Fueron unos microsegundos de tanta confusión que me quedé quieta, esperando realmente que hacer y queriendo que todo fuera un mal sueño, me levanté de la cama y caminé hasta la puerta cuando de pronto, no sé como él me tomaba nuevamente por el brazo (dejándome un hematoma que modeló ahí durante unos días). En la habitación no existía más luz que la de la pantalla de una computadora, entre tanto mareo, tanto miedo y tanta furia, sentí en mi cuello una pistola. Si, el idiota tenía una.
Lo que ocurría rozaba con el terror, amenazó con dispararme y yo que quería morir le dije que lo hiciera, por respuesta obtuve un golpe en la cara y un "quitate la camisa", lo hice. Comenzó a morder y besar mis pechos, a tocarme; a hacer sonidos mientras ejercía sobre mi cuerpo una fuerza que quisiera olvidar. Levantó mi falda y movió mi ropa interior y comenzó a tocarme, no sé cuanto tiempo fue, no quiero saberlo, yo solo pensaba en que no era posible que eso estuviera pasando, en que no debía estar pasando y que no quería que pasara. Lloré aunque sabía - y me lo decía a mi misma- que no serviría de nada. Lleno de sudor comenzó a penetrarme, y yo pensaba en las miles de cosas que hubiera podido cambiar para no terminar así, siendo violada por quien en no sólo una vez convergí en espacios de lucha social, por quien en más de una vez debatí sobre feminismo, por quien lleva tatuada en alguna parte de su cuerpo un símbolo de izquierdas. Era la teoría hecha realidad; los machos progre nos violan, era el patriarcado enseñandole que podía justificar esa agresión, eran muchas cosas dándome golpes en la sien.
Estaba realmente destruida, un tsunami de frases me rompían los parpados, confieso que en algunos microsegundos de esta tragedia físicamente sentí placer, sentí mi cuerpo reaccionar ante la estimulación y sentí culpa y asco. Nunca nadie me dijo que esto pasaba, había acompañado procesos, leído sobre testimonios y nadie lo decía antes. Nadie. Aún ahora, sentada frente a una frívola computadora, no logro entender y no logro perdonarme esa reacción biológica.
El idiota terminó, pero para mi sólo comenzaba la travesía en descenso a la autodestrucción. Se quito de encima y me tomó la mano, "perdón" -dijo- y en mi vida había sentido tanta confusión ante una frase. Me levante de la cama, me acomodé la ropa y salí, así, como que el peso de la vida no me quebraba el pecho, salí sin despedirme de nadie, salí dejando ahí mis últimos suspiros de vida.
Caminé sin rumbo, con ideas difusas a explotar, me senté y lloré por horas, quizá, hasta quedarme dormida en una acera, me despertó un poco de lluvia y la aplastante y miserable sensación de estar viva. "¿Qué hago a las casi dos de la mañana luego de esto?, ¿a quién llamo? ¿me suicido? ¿llamo a mi pareja? ¿denuncio? ¿fue real? ¿fue mi culpa? ¿llamo a alguna amiga?" todas las respuestas fueron no.
Me quedé ahí, con la existencia hecha añicos entre mis temblorosas manos, con la solida realidad de estar sola, realmente sola en una ciudad enorme que parecía devorarme. Y ahí comprendí que la soledad nos vuelve vulnerables. No existía ni una sola persona en el planeta a la que pudiera acudir, esa sensación es lo más indescriptible que he experimentado.
Nunca necesité tanto en mi vida un abrazo como esa noche, al tiempo de rondar por ahí regresé a mi apartamento y comencé a odiar cada centímetro de él. Horrorizada por el pánico me quedé inmóvil en mi misma. Decidí seguir, ignorar esa noche, refutar cada teoría psicológica que plantea que la asimilación de un hecho traumático próximo es improbable y no sano, yo en mi inmenso desatino me callé.
Me odie, me autoflagelé, me golpee, fumé compulsivamente todos los días próximos, y si antes ponía muros a mis acercamientos interpersonales ahora había construido murallas indestructibles. Me aislé de las pocas personas que me rodeaban, incluso mi pareja.
La rutina me parecía irreal, el trabajo, la universidad, el trabajo, la universidad. Todo se desvanecía y los días se diluían entre recuerdos, llantos en el baño, quemaduras de cigarros autoprovocadas y autoflagelación. Fue invariable, nadie lo sabía y nadie lo sentía. Aunque pesaba cada vez más, creía que podía controlarlo, además; no había mucho por hacer.
La existencia los próximos dos meses fueron una basura, mi mal humor se había colado en toda mi existencia y las peleas constantes con mi pareja me desgastaban hasta la médula espinal. Él creía saber que algo ocurría y yo creía poder lidear con ésto sola.
¿Por qué no se lo conté? porque no quería aceptar lo que había pasado, creía, emulando a la inrrespondible pregunta sobre si un árbol se cae en el bosque y no ha nadie para escucharlo, hay o no sonido, que si nadie lo sabía el hecho se borraría. Error. Grave error.
Dos meses después, ante un colapso bastante evidente se lo dije, sin detalles profundos, sin mucho énfasis y comprobé que nadie podía ayudarme, nadie podía salvarme de éste naufragio, aunque su apoyo emocional volvió más confortable la agonía, no la evito.
Muy tarde me autoconvencí que debía denunciar, lo hice. Pero como los eventos desafortunados nunca se vienen solos, entre exámenes extraviados, testigos que mintieron y desequilibrio emocional de mi parte, la falsa justicia de un país injusto dictaminó que no había suficiente pruebas contra el idiota, y bueno, no procedió el caso. En compensación me "recomendaron asistir a terapia psicológica por si había existido delito". Si, viví en carne propia lo que es que el sistema judicial de un país te revictimice, te juzgue, te violente y no te haga justicia.
Me mudé de la ciudad en la que me destruyeron por completo, pero ni mudarme a otro planeta quita el asco que aun siento, el miedo que a veces me asalta de imprevisto y me hace sudar, no me se va esta tristeza permanente, esta soledad aplastante que me aísla, esta culpa, la culpa, la maldita culpa.
Han pasado 6 meses y aún me autolesiono, he estado oscilando en periodos en los que aparentemente lo controlo y otros donde el desastre ocurre y me emborracho, lloro, grito, me enojo y colapso, han vuelto antiguas enfermedades alimenticias, me he perdido y recuperado entre tanta locura, pero aunque todo ha dolido con un dolor que jamás pensé soportar, he sobrevivido.
Han pasado 6 meses y por primera vez desde un poco de anonimato me animo a contar mi historia, no sé con qué objetivo, quizá porque creo fielmente que la verborrea literaria cura algunas heridas que ni el tiempo podrá, o porque quiero de alguna manera advertir lo que ya sabemos y que parece que olvidamos, que aunque sean de izquierdas, aunque sean aliados, aunque sean amigos nos pueden violar porque tienen el poder, la licencia moral y la hipocresía a tope para hacerlo, quizá porque quisiera que al contar ésto a nadie nuca en su vida le sucediese y que si sucede, se tenga la certeza que no importa la forma, ni el lugar, ni quien agrede, NUNCA es nuestra culpa.
Y no aspiro a una muerte rimbombante, llamativa o pretenciosa, deseo meramente la inexistencia.
Tenía 10 meses de haberme mudado a la Ciudad de la furia, una ciudad llena de prontitud. De esa prontitud relojeada que suele cortar el apetito.
Víví 10 meses llenos de todo lo que llena la vida y comencé a tenerle de nuevo un gusto a los cigarros a escondidas y a las mordidas. Viví con quien entonces era el hombre que amaba, mi novio y con un gato.
No superaba mi rutina al promedio de la ciudad, un trabajo mediocre y mal pagado, jefes prepotentes, incapacidad académica a causa del cansancio, depresión nocturna por sentir que se echa la vida a la basura y un vicio permanente para placebo de tanta mierda. En mi caso, belmont azul.
El curro, la universidad y mi departamento estaban bastante cerca, no me salía de una región de 9 cuadras para desarrollar a plenitud mi día. Una jaula bastante grande que no evitaba sentirme suicida todas las noches.
El tiempo me compaginó con un amigo que no veía hace algunos años, el reencuentro fue casual y no desagradable. Compartiamos gustos y vicios por lo que no fue difícil que surgiera la típica frase "Pásate por mi apartamento y fumamos". Pasó una vez, otra vez y así algunas más.
Era marzo, era viernes y era 10. Llovía, johder si que llovía. Era nuestro mesesario y había tenía una pelea con mi novio (primer error), el había salido con sus amigos y yo salí inesperadamente tarde de trabajar.
Camino a casa a las afueras de un bar me encontré con mi vecino-amigo y me convenció de ir a su apartamento, había montado una fiesta con personas conocidas. Segundo error.
Llegamos y a partir de aquí las ráfagas de recuerdos golpean un tanto más fuertes. Ellos bebían cerveza y yo fumaba los incambiables belmont azules. Había tenído un día especialmente agotador, así que planee hablar un poco con todos e irme lo más pronto posible. Justo cuando ya me iba, uno de ellos accidentalmente me tiró cerveza en la ropa, por lo que entré al apartamento a intentar quitarme el olor. Tercer error y de aquí en delante, cada respiro lo fue.
Quité mi camisa para limpiarla y como estaba segura que todos estaban afuera no creí necesario poner cierre a la puerta del baño. Ocurre. El vecino-amigo, que llamaré a partir de aquí el idiota entro a la habitación. Estaba lo bastante borracho para tambalear como un borracho pero no lo suficiente para descoordinar como uno.
Me tomó del antebrazo con la suficiente fuerza para hacerme sentir miedo. Dije una única vez, soltame. Todo pasó tan rápido y a la vez tan lento, Me tomó del cabello y me tiró a la cama, sentí libertar y profundidad al caer, quise estar muerta. Enloquecí y grite entre tanto llanto que me ahogaba, estaba aterrada. Comenzó a ocurrir y yo no podía creer que esto estuviera pasando de nuevo, yo no podía creer que ésto estaba matándome de nuevo.
Estaba asustada, me comenzó a tocar el clítoris con tanta brusquedad que dije "Me duele" y él se detuvo. Respiré y le dije "no me hagas daño" el idiota estaba lo suficientemente exitado para que pudiera sentirlo, tomó mi mano y la puso sobre su pene, sentí asco e intenté correr. Me halo por el brazo y me dijo "vos aquí te quedás puta" y ahí asumí que no podía hacer nada, que gritar no serviría de nada y no podía salir de ese cuarto en el que asquerosamete sonaba Joaquín Sabina.
Sentía hundirme, sentía la sangre correr por cada una de mis venas, sentía tanta culpa conmigo misma por haber actuado tan irresponsablemente, si, estaba culpándome.
Su olor a cerveza me destrozaba los sentidos, no sabía que alguien podía ser tan fuerte hasta que puso su mano sobre mi pecho y o no podía moverme ni un poco. "No deberías hacer ésto" dije y él, que a este punto no sabía si realmente estaba ebrio, sonrió y se alejó de mi. Fueron unos microsegundos de tanta confusión que me quedé quieta, esperando realmente que hacer y queriendo que todo fuera un mal sueño, me levanté de la cama y caminé hasta la puerta cuando de pronto, no sé como él me tomaba nuevamente por el brazo (dejándome un hematoma que modeló ahí durante unos días). En la habitación no existía más luz que la de la pantalla de una computadora, entre tanto mareo, tanto miedo y tanta furia, sentí en mi cuello una pistola. Si, el idiota tenía una.
Lo que ocurría rozaba con el terror, amenazó con dispararme y yo que quería morir le dije que lo hiciera, por respuesta obtuve un golpe en la cara y un "quitate la camisa", lo hice. Comenzó a morder y besar mis pechos, a tocarme; a hacer sonidos mientras ejercía sobre mi cuerpo una fuerza que quisiera olvidar. Levantó mi falda y movió mi ropa interior y comenzó a tocarme, no sé cuanto tiempo fue, no quiero saberlo, yo solo pensaba en que no era posible que eso estuviera pasando, en que no debía estar pasando y que no quería que pasara. Lloré aunque sabía - y me lo decía a mi misma- que no serviría de nada. Lleno de sudor comenzó a penetrarme, y yo pensaba en las miles de cosas que hubiera podido cambiar para no terminar así, siendo violada por quien en no sólo una vez convergí en espacios de lucha social, por quien en más de una vez debatí sobre feminismo, por quien lleva tatuada en alguna parte de su cuerpo un símbolo de izquierdas. Era la teoría hecha realidad; los machos progre nos violan, era el patriarcado enseñandole que podía justificar esa agresión, eran muchas cosas dándome golpes en la sien.
Estaba realmente destruida, un tsunami de frases me rompían los parpados, confieso que en algunos microsegundos de esta tragedia físicamente sentí placer, sentí mi cuerpo reaccionar ante la estimulación y sentí culpa y asco. Nunca nadie me dijo que esto pasaba, había acompañado procesos, leído sobre testimonios y nadie lo decía antes. Nadie. Aún ahora, sentada frente a una frívola computadora, no logro entender y no logro perdonarme esa reacción biológica.
El idiota terminó, pero para mi sólo comenzaba la travesía en descenso a la autodestrucción. Se quito de encima y me tomó la mano, "perdón" -dijo- y en mi vida había sentido tanta confusión ante una frase. Me levante de la cama, me acomodé la ropa y salí, así, como que el peso de la vida no me quebraba el pecho, salí sin despedirme de nadie, salí dejando ahí mis últimos suspiros de vida.
Caminé sin rumbo, con ideas difusas a explotar, me senté y lloré por horas, quizá, hasta quedarme dormida en una acera, me despertó un poco de lluvia y la aplastante y miserable sensación de estar viva. "¿Qué hago a las casi dos de la mañana luego de esto?, ¿a quién llamo? ¿me suicido? ¿llamo a mi pareja? ¿denuncio? ¿fue real? ¿fue mi culpa? ¿llamo a alguna amiga?" todas las respuestas fueron no.
Me quedé ahí, con la existencia hecha añicos entre mis temblorosas manos, con la solida realidad de estar sola, realmente sola en una ciudad enorme que parecía devorarme. Y ahí comprendí que la soledad nos vuelve vulnerables. No existía ni una sola persona en el planeta a la que pudiera acudir, esa sensación es lo más indescriptible que he experimentado.
Nunca necesité tanto en mi vida un abrazo como esa noche, al tiempo de rondar por ahí regresé a mi apartamento y comencé a odiar cada centímetro de él. Horrorizada por el pánico me quedé inmóvil en mi misma. Decidí seguir, ignorar esa noche, refutar cada teoría psicológica que plantea que la asimilación de un hecho traumático próximo es improbable y no sano, yo en mi inmenso desatino me callé.
Me odie, me autoflagelé, me golpee, fumé compulsivamente todos los días próximos, y si antes ponía muros a mis acercamientos interpersonales ahora había construido murallas indestructibles. Me aislé de las pocas personas que me rodeaban, incluso mi pareja.
La rutina me parecía irreal, el trabajo, la universidad, el trabajo, la universidad. Todo se desvanecía y los días se diluían entre recuerdos, llantos en el baño, quemaduras de cigarros autoprovocadas y autoflagelación. Fue invariable, nadie lo sabía y nadie lo sentía. Aunque pesaba cada vez más, creía que podía controlarlo, además; no había mucho por hacer.
La existencia los próximos dos meses fueron una basura, mi mal humor se había colado en toda mi existencia y las peleas constantes con mi pareja me desgastaban hasta la médula espinal. Él creía saber que algo ocurría y yo creía poder lidear con ésto sola.
¿Por qué no se lo conté? porque no quería aceptar lo que había pasado, creía, emulando a la inrrespondible pregunta sobre si un árbol se cae en el bosque y no ha nadie para escucharlo, hay o no sonido, que si nadie lo sabía el hecho se borraría. Error. Grave error.
Dos meses después, ante un colapso bastante evidente se lo dije, sin detalles profundos, sin mucho énfasis y comprobé que nadie podía ayudarme, nadie podía salvarme de éste naufragio, aunque su apoyo emocional volvió más confortable la agonía, no la evito.
Muy tarde me autoconvencí que debía denunciar, lo hice. Pero como los eventos desafortunados nunca se vienen solos, entre exámenes extraviados, testigos que mintieron y desequilibrio emocional de mi parte, la falsa justicia de un país injusto dictaminó que no había suficiente pruebas contra el idiota, y bueno, no procedió el caso. En compensación me "recomendaron asistir a terapia psicológica por si había existido delito". Si, viví en carne propia lo que es que el sistema judicial de un país te revictimice, te juzgue, te violente y no te haga justicia.
Me mudé de la ciudad en la que me destruyeron por completo, pero ni mudarme a otro planeta quita el asco que aun siento, el miedo que a veces me asalta de imprevisto y me hace sudar, no me se va esta tristeza permanente, esta soledad aplastante que me aísla, esta culpa, la culpa, la maldita culpa.
Han pasado 6 meses y aún me autolesiono, he estado oscilando en periodos en los que aparentemente lo controlo y otros donde el desastre ocurre y me emborracho, lloro, grito, me enojo y colapso, han vuelto antiguas enfermedades alimenticias, me he perdido y recuperado entre tanta locura, pero aunque todo ha dolido con un dolor que jamás pensé soportar, he sobrevivido.
Han pasado 6 meses y por primera vez desde un poco de anonimato me animo a contar mi historia, no sé con qué objetivo, quizá porque creo fielmente que la verborrea literaria cura algunas heridas que ni el tiempo podrá, o porque quiero de alguna manera advertir lo que ya sabemos y que parece que olvidamos, que aunque sean de izquierdas, aunque sean aliados, aunque sean amigos nos pueden violar porque tienen el poder, la licencia moral y la hipocresía a tope para hacerlo, quizá porque quisiera que al contar ésto a nadie nuca en su vida le sucediese y que si sucede, se tenga la certeza que no importa la forma, ni el lugar, ni quien agrede, NUNCA es nuestra culpa.
ICM
Cuatro años después
la culpa y el descontrol se instalan nuevamente
con todo su equipo de mudanzas
en el comando superior de la razón
El oBjetivo es claro:
reducción de miedo,
el autocastigo comanda el cuartel de los impulsos
y el brazo izquierdo se delinea por los límites de alerta.
de la amenaza autodestructiva
Es el segundo ataque
ésta vez no hay pánico
no hay hUida,
ésta vez su ejecución es justa
reboza en esta guerra las ganas de salvar
necesidad de sobrevivir
deseos profundos de existir
Los asaltos son controlados
parámetros rotatorios de ausencias y sobre presencia
evitación de olores,
sabores
control puntual sobre de ingesta
registros medidos de dIferencias gustativas
y límites inamovibles de sensaciones
El recuento de daños es ocultado
el nerviosismos el frío irrumpen sin piedad
sobre la seca y descascarada piel
el cansancio toMó por asalto los días
y la irritabilidad se convierte en el único comer diario
Lo visto ante la realidad se vuelve difuso
nada duele más que el autoreconocimiento
el sentIr la carne incrustarse en el alma
y el estrépito sonido de la burla
Nada hiere más que las ideas
el miedo y la impotenciA
nada cambia, nada termina
nada deja de acorralar a cada pensamiento
nada evita el caos.
la culpa y el descontrol se instalan nuevamente
con todo su equipo de mudanzas
en el comando superior de la razón
El oBjetivo es claro:
reducción de miedo,
el autocastigo comanda el cuartel de los impulsos
y el brazo izquierdo se delinea por los límites de alerta.
de la amenaza autodestructiva
Es el segundo ataque
ésta vez no hay pánico
no hay hUida,
ésta vez su ejecución es justa
reboza en esta guerra las ganas de salvar
necesidad de sobrevivir
deseos profundos de existir
Los asaltos son controlados
parámetros rotatorios de ausencias y sobre presencia
evitación de olores,
sabores
control puntual sobre de ingesta
registros medidos de dIferencias gustativas
y límites inamovibles de sensaciones
El recuento de daños es ocultado
el nerviosismos el frío irrumpen sin piedad
sobre la seca y descascarada piel
el cansancio toMó por asalto los días
y la irritabilidad se convierte en el único comer diario
Lo visto ante la realidad se vuelve difuso
nada duele más que el autoreconocimiento
el sentIr la carne incrustarse en el alma
y el estrépito sonido de la burla
Nada hiere más que las ideas
el miedo y la impotenciA
nada cambia, nada termina
nada deja de acorralar a cada pensamiento
nada evita el caos.
domingo, 17 de septiembre de 2017
La soledad.
Es una sombra
un susurro
una grieta que refleja el tiempo
cenizas de las horas destruidas
Un café helado,
en la comisura desgastada de una boca
unos labios inanimados con besos insaboros
insentibles
Los párpados entre abiertos
de todas las noches de desvelo
lo vacío de un olor de un abrazo
el compromiso absurdo de una sonrisa y un saludo
Sucumbe entre cada gota de sudor
cada lágrima invertida
el despertar con una silueta al lado
y la puñalada real de no sentir
del cansancio y la desolación de un bostezo
Marcha en desfiles de colores
y sabores por el piso sucio
de una habitación que se derrite con el humo
se clava en la pausa dolorosa de cada quizá
y protesta ante el susurro de cualquier compañía
y demanda con rabia la oscuridad.
un susurro
una grieta que refleja el tiempo
cenizas de las horas destruidas
Un café helado,
en la comisura desgastada de una boca
unos labios inanimados con besos insaboros
insentibles
Los párpados entre abiertos
de todas las noches de desvelo
lo vacío de un olor de un abrazo
el compromiso absurdo de una sonrisa y un saludo
Sucumbe entre cada gota de sudor
cada lágrima invertida
el despertar con una silueta al lado
y la puñalada real de no sentir
del cansancio y la desolación de un bostezo
Marcha en desfiles de colores
y sabores por el piso sucio
de una habitación que se derrite con el humo
se clava en la pausa dolorosa de cada quizá
y protesta ante el susurro de cualquier compañía
y demanda con rabia la oscuridad.
Nogales.
Me he mojado en diferentes playas
y he destruido un par de muelles
destruí con la fuerza de un beso,
cimientos profundos de mentiras
y construí sobre cenizas de otros pies,
castillos impensables e indestructibles
He sido huracán
cuando sólo quise ser recuerdo
he sido oscuridad y desatino
cuando he creído amar
He sido tromba de naufragio
de a quien solo quería salvar
he fracasado y me han fracasado,
siempre.
y he destruido un par de muelles
destruí con la fuerza de un beso,
cimientos profundos de mentiras
y construí sobre cenizas de otros pies,
castillos impensables e indestructibles
He sido huracán
cuando sólo quise ser recuerdo
he sido oscuridad y desatino
cuando he creído amar
He sido tromba de naufragio
de a quien solo quería salvar
he fracasado y me han fracasado,
siempre.
Líquido disonante.
Dibujarte con palabras
cada centímetro de tu cara
verte en el bostezo
entre cada ráfaga de disparos
que son tus párpados
Difusamente reconstruiste
entre el recuerdo de tantos labios,
otros labios
El ejercicio de pensarte en todas las dimensiones
construirte con mentiras
erotizar tus traiciones
y desvestirte con sabores ajenos.
cada centímetro de tu cara
verte en el bostezo
entre cada ráfaga de disparos
que son tus párpados
Difusamente reconstruiste
entre el recuerdo de tantos labios,
otros labios
El ejercicio de pensarte en todas las dimensiones
construirte con mentiras
erotizar tus traiciones
y desvestirte con sabores ajenos.
Septiembre
Escribo desde el dolor carrasposo
desde la soledad de una tarde desolada de dinosaurios
con el olor a cigarrillo incrustado en cada mechón del cabello
con el recuerdo de todos los lugares a los que juré llevarte,
bailandome en los labios
Desde el susurro que nunca se convertirá en sonido
desde el color a cada clavo y espina que desgarró mi piel
desde la penúltima cuerda del ring de la cordura
desde el olor a cornisa derrumbada
y desde mi cuerpo posado sobre cada escombro
Desde el miedo volverme monstruo
y la necesidad imprescindible de serlo
desde el último suspiro de mi corazón destruido
desde el coraje sintiente de unos muros agrietados
Desde unos muros protectores que se derrumban
ante la última pedrada,
en la última batalla,
en el último suspiro,
el último motivo
Con las manos que conocieron hasta tu última mentira
y recorrieron cada recoveco de tu cuerpo
Con los ojos que bailaron al ritmo de cada abandono
Urge tu partida ante éstos ojos que nunca fueron
más que faroles reflectantes que te vieron siempre como magia
exclaman éstos labios ardientes
no pronunciar nunca más tu nombre.
desde la soledad de una tarde desolada de dinosaurios
con el olor a cigarrillo incrustado en cada mechón del cabello
con el recuerdo de todos los lugares a los que juré llevarte,
bailandome en los labios
Desde el susurro que nunca se convertirá en sonido
desde el color a cada clavo y espina que desgarró mi piel
desde la penúltima cuerda del ring de la cordura
desde el olor a cornisa derrumbada
y desde mi cuerpo posado sobre cada escombro
Desde el miedo volverme monstruo
y la necesidad imprescindible de serlo
desde el último suspiro de mi corazón destruido
desde el coraje sintiente de unos muros agrietados
Desde unos muros protectores que se derrumban
ante la última pedrada,
en la última batalla,
en el último suspiro,
el último motivo
Con las manos que conocieron hasta tu última mentira
y recorrieron cada recoveco de tu cuerpo
Con los ojos que bailaron al ritmo de cada abandono
Urge tu partida ante éstos ojos que nunca fueron
más que faroles reflectantes que te vieron siempre como magia
exclaman éstos labios ardientes
no pronunciar nunca más tu nombre.
La última de las mordazas.
Los besos esculpidos
la sal apilada en lágrimas
peldaño a peldaño
caída a caída
la liviana sutileza de perderte
La voz a la deriva
las autopistas de tus clavículas arrítmicas
el proceso de verte existir
todo resumido al silencio de verte partir
Las palabras atoradas
inconclusamente libres
los porqués saltando en la cornisa de un siempre
los suspiros irse,
venirse
diluirse en medio de un quizá
El inexistente miedo al futuro
la autopsia de cada error
de cada desatino
de cada beso mal colocado
Los espejos empañados diciéndonos un nunca más
las cicatrices latiendo en cada piel
el silencio que nos grita que nadie vino a salvaros
y nos escupe el rotundo y solitario eco del adiós.
la sal apilada en lágrimas
peldaño a peldaño
caída a caída
la liviana sutileza de perderte
La voz a la deriva
las autopistas de tus clavículas arrítmicas
el proceso de verte existir
todo resumido al silencio de verte partir
Las palabras atoradas
inconclusamente libres
los porqués saltando en la cornisa de un siempre
los suspiros irse,
venirse
diluirse en medio de un quizá
El inexistente miedo al futuro
la autopsia de cada error
de cada desatino
de cada beso mal colocado
Los espejos empañados diciéndonos un nunca más
las cicatrices latiendo en cada piel
el silencio que nos grita que nadie vino a salvaros
y nos escupe el rotundo y solitario eco del adiós.
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