Estaba decidida.
Hoy compraría el conflictivo moccachino suprime; conflictivo por razones ideologías: era vegana y anarquista.
Hace 6 días había estado a 5 minutos medicos de un paro respirstorio. Las últimas 72 horas sus tardes se fragmetaron en salas de espera de hospitales y prolongadas siestas calurosas.
Entre un cambio completo de tratamiento para su crónica asma la doctora le prescribió aumento en la ingesta de nutrientes. Luego de una reflexión agotadora y versátil decidió incluir reducidas dosis de lacteos por 6 meses, ni un segundo más.
Hacía la fila en el café donde solía entrar regularmente a comprar el inamovible -hasta ahora- americano grande con 4 de azucar.
Le recorría la espalda un culpa helada, pensaba en los 34 lempiras de diferencia entre un producto y otro, juagaba mentalmente en qué cantidad de frutas podría comprar, mangos, jocotas o cocos. Divagaba en sus cosas por hacer y la incomodidad de su decisión, enlistaba mentalmente cada uno de los ingredientes de su futura experiencia gastronimica, sintiendo la culpa cada vez más pesada. Pensaba en que no estaba segura cuales eran esos ingrediente e imaginaba como se obtenían cada uno de ellos, imaginaba realmente ya que a diferencia de muchas personas veganas, PETA y sus gráficos mataderos de vidrio no habían pasado por ella, era vegana natural y nunca había sido capaz de pasar de los primeros 8 segundos de tortura animal visual. Cobarde hasta la médula.
Se montaba una cutre guerra mental que la mantenía ensimismada cuando a lo lejos como el susurro de un río de manera ascendente y en marco desenfocado se comenzó a dibujar la silueta.
Estaba a contra luz, en la única puerta del local: descalza y dando brincos, acariando con repetidas patadas la sucia alfombra principal, como descubriendo texturas impercibidas. Cargaba libros de colorear de personajes del Disney. Se los mostraba a una señora sentada en la primer mesa, ésta le preguntaba el precio pero la silueta estaba perdida en una danza merecedora, sin prisa respondió algo que no se escucho hasta la fila de café. Nadie más la veía, nadie se redescubría en esa silueta de niña que estaba justo frente a la vida siendo feliz, nadie la apreciaba.
El debate interno moralista antiespecista comenzó a darle nauseas. Mientras ella discurria en planteamientos elitistas el mundo fuera de sus párpados pesaba. El mundo fuera de los párpados de la silueta aplastaba.
Se sintió cruel y miserable, reconoció en la silueta la felicidad perdida entre los libros de textos, la impuesta madurez política y la congruencia ideológica. Deseó con todas sus fuerzas ser esa silueta que entre su probablemente forzado trabajo se reía en el lugar adecuado y de manera inapropiada.
Se quedó inmóvil con la nostalgia instalada en los labios viendo a la silueta abofetearle - sin saberlo- todo su mundo, se sintió inexistente entre la absurdidad que es la existencia en ese lugar, sintió caerse en un agujero negro. Nauseas. En una descomposición sensorial del tiempo sintió desnudarse las entrañas y por un instante rebribro en ella esas ganas locas de ser incorrecta, de patear el mundo cual pelota de fútbol o pilotear sus sueños infantiles como un cometa.
Una vibración le trajo a la linea de tiempo de las 5:15 pm. Sin saber como paso cargaba un helado y pesado vaso, la silueta se había perdido de sus pupilas, se había llevado su fugaz esperanza. Caminaba cuál autómata hacia el punto de reunión acordado, la vibración le recordaba que sus 15 minutos validos de tardanza pasaban y que en menos de un segundo su realidad agendada comenzaba.