viernes, 9 de octubre de 2015

Días tres.

-diciembre pasado-

“Estoy tomando espacio” dijo él. 

Ella, sin quererlo realmente como muchas de las cosas que habían sucedido en sus últimos días, dijo “está bien”.
Jamás tuvo la valentía de decir lo que sentía y pensaba, le resultaba más cómodo encerrarse en su mente con castillos de ideas. La comunicación entre ambos esos 3 días fue escasa y muy fría, ella estaba cada instante más cerca de un colapso total o de la plena locura, los días y las noches le resultaban lo mismo, descuidó  por completo su aspecto físico, su vida se limitaba a  estar en su cama bajo las sabanas, darse atracones alimentarios, llorar todo el tiempo, sobre toda las cosas y obsesivamente esperar un mensaje de él.

Olvidó lo que era dormir,  regresó a los fármacos  somníferos los que solamente la hacían dormir unos minutos, de 20 a 40, cuando tenía suerte, la otra parte del tiempo, la pasaba en estados alterados de conciencia. 

El tiempo pasaba y el dolor que sentía se agudizaba, comenzaba a gritar cuando llorar no era suficiente, comenzó a caminar en círculos cuando morderse dejó de calmarle la ansiedad, comenzó a acostumbrarse a sentirse miserablemente sola nuevamente.

Las últimas horas la inundo la batalla emocional, sabía que no debía llamarle, sabía que debía dejarlo estar bien aunque ella se estuviese cayendo a pedazos, pero quería hacerlo, quería de alguna forma salvarse. Ella sabía que él podía salvarla de ese abismo en el que estaba cayendo lentamente, ¿qué pasaría en su mente? ; se preguntaba constantemente  mientras lloraba sobre el dolor, que era lo único que le quedaba de su gran amor.

"Es un dolor que me infringí  sola", "no está mal sufrir cuando has querido de verdad", "estaré bien"; se repetía inútilmente mientras desliaba sus dedos sobre el teléfono.

Finalmente, marcó.

Él no descolgó.


-suspiro-

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