miércoles, 14 de marzo de 2018

15 horas después.

Un ejército sordo de acéfalos elefantes me galopan la sien
Me escupen las palmas de la mano las sombras del sudor helado
Despierto, de a poco
De un letargo interminable
Un vaivén de confusión y drogas.

15 o 53 horas, a destiempo, me reclaman en la plaza pública que son mis venas malolientes por más miseria, por más dolor, más gris.
Mis piernas tupidas de olvido y relieves de carruseles de sangre
Me exigen cambiar de ritmo; parar o profundizar la daga que me canaliza.

En fuego vivo las entrañas y mi estómago se deshacen en cenizas
Cenizas que se instalan en mi lengua y que saben a besos que se pudrieron,
a palabras que caducaron por insignificantes,
a reflujo de sensaciones reprimidas.

Mi esófago sabe a alcohol, thc y nicotina y desfilan por los pliegues oscuros de mi cuello las marcas inequívocas de una tortura detenida a tiempo.
Mis venas son una sucursal de mentiras delatadas, de infancias destruidas a golpes.

Los microrecuerdos me acribillan los párpados y el autoasco me susurra verdades en el tambor de mi oído.
Laten, mis costillas laten en sintonía funesta.
Palpito, mi garganta palpita reseca y carrasposa de sueños.
Se contraen mis miedos al son de mis dedos entre mis piernas.
El calor y el desprecio se funden en un gemido desocupado,
Despierto, sin ritmo.
Asimilo sin prisa.

Recuerdo mis manos ahogado mi desdén con rápida calma
Mi pies al borde de un puente
Un grito certero de detención
Un perturbado y fragmentado llanto
Un abrazo colmado de lástima
Un hospital bordado de hastío,
Agujas, preguntas y fármacos
irrumpiendo el silencio de mi fuga.

Un dolor violento pateando una y otra vez y otra vez la nada.
Huidas inútiles
Regresar a una existencia de 9x10
Frecuencia de humo y pastillas
Recuerdo el sueño fluirse con la muerte,
Un cúmulo de suicidios en lista de espera,
Un cúmulo de fracasos en lista de vergüenzas.

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