Entre la nueva temporada de insomnio llegó un mensaje de wahtsapp, era mamá.
-A Carlos se lo llevaron al hospital, está mal, anda visitalo.
-Mañana voy de viaje, si puedo paso a verle en la mañana -respondí- y activé el fuera de red del móvil.
Al día siguiente por la tarde llegaba a la cruel ciudad capital y en sinfonía triste al móvil, mamá me contaba que las cosas iban empeorando, que el doctor decía que era delicado. No sé si callé por indiferencia o miedo a sentir tristeza, pero callé, antagonicamete a sus abundantes sollozos.
Carlos era un intento de sombra en mi vida, estaba desfilando entre el nadie y alguien sin importancia. A mediados de mi adolescencia entre circunstancias confusas se perfiló con el título de "papá biológico". Hasta ese momento había creído toda mi existencia que "mi padre" era Jorge, un hombre fracasado, adicto a muchas sustancias, abusador y violento con el que había convivido mi niñez. Carlos apareció y fue como una gota de agua sobre un papel lleno de acuarelas, todo se modificó; con 17 años saber que papá no es papá y cambiar los conceptos de papá violador a extraño violador tiene un matiz de alivio incierto.
Siempre me pareció un hombre triste, cansado, lleno de culpas y rencores. Hablaba poco y caminaba siempre de prisa, con necesidad de corregir su camino, pero en su vida monótona y estricta no había sitio para mi y yo terminé por aceptarlo. Por él sentía rencor, indiferencia, a veces lástima, o quizá un cariño inmerecido justificado en que quizás había sido un mal padre porque no lo supo a tiempo, o no lo sé, nunca pregunté ni hablé nada al respecto, sólo ocurrió... con el tiempo, el desdén congeló la relación, tenía meses de no saber de él hasta esa mañana, la cual evité conscientemente visitarle por la prisa de la vida y la ansiedad.
Un par de días después en aquella casa donde había vivido de niña y que ahora llamaba casa de mi madre, ella irrumpió mi concentración en el monitor, sentándose frente a mi y dándome una taza de suave café.
Dijo "Carlos murió" y mi sinapsis cerebral parecía avanzar hacia la distorsión lentamente, quise llorar, pero pensé en lo ridículo que eso sería y cambié mi postura corporal, sentí remordimiento. Dijo "lo siento" y balbuceó algo sobre lo buena persona que él había sido. Me quedé ahí sin saber que decir, sentir o hacer. Ante mi abrumadora inmutación, mamá dijo "la verdad es que el tampoco es tu papá, yo debí decírtelo antes, pero los tiempos de dios son perfectos" y así, sin más, sin yo poder pedir una explicación o ella darla, pude sentir mi hipotálamo hundirse entre nubes cargadas de confusión, demasiada confusión, murmuré un "¿qué mierda estás diciendo?" y ella, con su naturalidad desquiciante sentenció un "esas cosas ya no importan, las hablaremos luego" y se levantó y acarició mi cabello, alejándose y diciendo "siempre te he dicho que tenés un cabello lindo"
Y así, entre el vértigo y la absurdidad, me golpeó la realidad. Me quedé sumergida entre cúmulos de ansiedad y esporádicos silenciosos llantos, entre inmensas preguntas de las que no quiero respuestas y unas ganas asfixiantes de huir, de nuevo, huir.
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