Llegamos,
a empujones,
cuesta arriba,
haciéndonos piedra y corriéndonos sobre nuestros fantasmas,
llegamos.
Y no, no había chanpangne ni fuegos artificiales,
no había un cartel de final o felicitación; nada,
solo un silencio que se nos deslizaba hasta los talones y en nuestros rostros un boceto de sonrisa que nos mantenía latientes, vivos.
La carrera había durado casi 4 años en los que nos hicimos metamorfosis, mariposa y gusano.
Nos desdibujamos y pintamos demasiadas veces, tantas que en cada trazo nuevo de pintura se me quedaba un poco el corazón.
Pero ocurrió,
el invierno tomó de rehén a la felicidad y nosotros que no sabíamos cuidarnos huimos horrorizados por el mido al futuro lleno de dolor,
corrimos y nos corrimos varias últimas veces y puerta tras puerta, poniéndole candados y perdiendo las llaves,
construimos habitaciones llenas de kilómetros de distancia
Tus manos fueron mi número de la suerte
una carta escrita en braille, un beso lanzado al aire en un vagón de tren
mis clavículas sin duda alguna tu mordida favorita
nuestros pies rozandose en forma de calor doliente,
en forma de un <quédate un poco más, que hace frío a la distancia>
en forma de curame los restos de piel, curame de mis propias manos
No supimos que hacer con las capas de pintura de labios ajenos
con los armarios llenos de tristezas decoradas, de cartas sin leer
De te quiero mal colocados, sobrantes, apresurados
de te amos diferenciados, con sabor a pasado,
de plazos invencibles de lealtad pesada
de miserias de amor y listas de orgasmos fingidos.
No intentamos más reinventar el amor
nos cercó un invierno interminable
nos cansamos de los suspiros
de los capítulos de futuros inciertos
nos quedamos sin amor y sin salidas de emergencia.
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