martes, 17 de enero de 2017

El relato de un prometo intentar no hacerte daño.

Con el cigarro goteado a medio apagarse, con más huesos que piel y empapada de lluvia en ese momento del dolor donde las horas no importan, estallaba en su pecho la constelación de un protocolo de ruptura.
Las alertas habían tomado la razón por asalto y el caos a timón navegaba de irracionalidad a irracionalidad. Estaba derrotada y el pronóstico sólo era navegar en el dolor.
Se desdibujaban de golpe los últimos 3 años; mudanza, simulacros de maternidad, series de televisión frente a la pantalla de la computadora, comidas, libros, risas, huelgas, besos, orgasmos, manías, dibujos, viajes, la vida; guión  a guión.
En la oscuridad bajo la lluvia incansable de un domingo abrumador; ella era el perfecto boceto de la decadencia de la existencia. Absurda, figuraba más como una escena final de un libro juvenil o el poema contemporáneo español.

Era tan de manual depresivo, tan de asco a vivir. Sufriendo, destruida, a piezas sueltas, con mil canciones y fragmentos de poesía trazados en la garganta tratando de acomodar alguno en el enorme hueco de su pecho y otro en el tono de su llanto.
La ciudad le pareció tan violenta, plana, cruel y vacía. Al lado de la carretera, desenfocada por las luces de los autos no sabía si cruzar o lanzarse a uno de ellos, pensando en el suicidio tangible como una salida económica razonable. 

Rotundamente perdida, sin chispazos de esperanza ni de salvación, en medio de la crueldad de la realidad de un enero azul, solamente era una chica más que expulsaba  a gritos su fracaso, a la que le dolían los poros por la frustración de no tener un salvavidas y huir volar en el.

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