“No puedo explicar
cómo quedó el cuarto del hotel en Río. Lo destrocé. Dolor violento. Perdí tanto
la conciencia que hoy no me acuerdo exactamente lo que sucedió. Era como un
animal enjaulado en su propio dolor. [...]”
- Fito Páez, 1986-
El dolor le rompió el pecho en lágrimas, se mordíó los
labios con toda la alevosía posible, sus puños golpearon insistentemente la
pared. Sus ademanes explotaron en silencio y sus gritos ahogados paralizaron a
las mariposas que estaban a su alrededor.
Las campanas del parque sonaron 4 veces y las personas que
engañaban la vida caminando por ahí ignoraron las partículas de sufrimiento que
esa llamada telefónica había introducido en su garganta, ignoraron la escasez
de sensatez que le columpiaba en los poros.
La quietud le cayó del cielo a las 5 pm y de golpe los
sentimientos se le esfumaron. Se levantó del cemento sucio donde había colocado
su falda y caminó sin rumbo (o huyendo de él), tratando de hacer más largo el
encuentro que ambas; Ana caminando bajo la ciudad de tarde y Claudia sabían que
se debían.
Se habían separado hace más de un año, y sus encuentros se
volvían más escuálidos al paso descarrilado del tiempo. Ana volcaba su
inconformidad existencial en la militancia rutinaria y el café. Claudia estaba
ya próxima a egresar de profesional de salud mental. Ambas conservaban, aunque
ahora ya en diferentes contextos su aburrición por la simplicidad de la vida y
su ficción desmesurada por la literatura.
Fueron fuego y supieron arden muy bien juntas, fueron llama
que hace explotar el mundo en conféti, fueron barco suicida precipitándose a
una isla, café caliente viendo el mar mediterráneo, fueron poesía escrita en su
propia entonación, fueron existencia. Se amaron y se rompieron las ideas, las
entrañas y la piel. Fueron protocolo justo del decadente amor romántico
agonizante, fueron perfección consumida en el volcán del miedo (De Ana) a
perder la libertad, fueron aves, fueron naturaleza bañada en sangre, poema
grotesco escrito en medio de un deliriums tremes, fueron dictadura y fueron
resistencia, fueron comisuras de carcajadas y lagrimal herido, supieron existir
y explotar cada instante, cada color, casa sensación, y sintieron como
terremoto cada instante de su vida juntas.
Fuero el amor siendo el amor y así, como efervescencia
gástrica, las cenizas y humo de su estridente romance, se apiló entro los
libros por leer, las mudanzas y las revoluciones fallidas, el miedo, la pereza
y las ganas de vivir aventuras diferentes, las llevo a vacaciones con viajes
diferentes, terminando en una separación que ambas hicieron pasar por
saludable.
La bocina de un automóvil sacudió a Ana de su letargo y la realidad
en segundos le destrozo los pulmones. Era de noche y estaba a algunas cuadras
de donde sabe (aunque no sabe como lo sabe) esta Claudia. Había dejado de fumar
hace meses pero aun así, busca entre sus cosas su paquete de cigarros, fracasa.
Pensó que debería estar camino a casa, también en Susy, el conejo con el que compartía
cuarto, en la ropa sin doblar que debía estar sobre la cama y luego, nuevamente
en Claudia.
Gritó, esta vez el grito le desgarra los ojos y cae sobre el
pavimento, desarmada se reincorpora y regresa sobre su camino, huye cada vez
más de la proximidad de su encuentro. Sonó su teléfono
-amor, ¿dónde estás? ¿Estás bien?
- Ana respondío con un silencio triste.
- Amor, por favor, decime donde estas, estoy preocupado
- Estoy bien, quiero estar sola.
- Amor, ya lo sabes... voy para allá.
Ana bajo el teléfono y lo sintió real, al nombrar las cosas
se vuelven realidad. Lloro, grito, trato inútilmente de expulsar el dolor lo
más lejos de su boca, golpeo al viento, lanzo puñetazos queriendo golpear al
hechor que no conocía que le ha causado ese infinito dolor. Era tarde y se
sintió sin fuerzas, peleó hasta donde pudo, pero la realidad terminó por
humedecerle cada tejido de su camisa.
Sabía que Claudia estaría esperándola aún. Se apresuro, la
incertidumbre la bordeó y entró en éxtasis, saltó en la floristería, busco los
lirios, todos los que encontró y pagó con las escasas monedas que le quedan.
Caminó e intentó hacer huir su mente con los melodramas de
la poesía, eso la había salvado siempre de todo, "que escribir nos sirva
para vivir" solía decir, pero ¿qué habría que decir sobre la utilidad de
la escritura para morir? ¿Del filo que posee un poema malintencionado en un alma
frágil?, pensó incluso en la forma de hipérbole en que quizá años después
podría redactar este encuentro. Cuando falto una cuadra comenzó a temblar, la
batalla campal en su cerebro fue una apología a la colonización y las entrañas
le hirvieron a los mil tonos.
Cada paso más cerca le hizo supurar el dolor, le supuro las lágrimas,
el sudor y la violencia le inundó los receptores de neurotransmisores y se
salió de sí. Entró al salón y los ojos escrutadores de los presentes le hicieron
sentir expuesto cada recoveco de su conciencia, lloró, como sólo una vez había
llorado, precisamente en ese mismo lugar. Gritó, como hace algunos años había
gritado, exactamente frente a ese mismo lugar, sintió cada microparte de su ser
partirse como si un rayo en forma de realidad le hubiese partido los huesos.
Se sintió cronopio en un entorno tan cruel, figuro en el
escenario de la tragedia más abrumadora para su ser, el llanto no le basto para
desenfrenar la herida. Destrozo las flores, su ropa, pateo y golpeó a todo el
que quiso acercársele, se dejo consumir en el arrebato de violencia explosiva
un par de minutos hasta que cayó desmayada y la violencia le sació la sed.
Despertó y sintió su mano entre las manos de su ahora
pareja, él la incorporo y entendió que su dolor violentaba hasta la hiel, le
beso la frente y la acerco, dando pasos hacia atrás la dejo subir nuevamente al
carrusel violento que era el choque con la realidad y que sabía que Ana debía
montar una y otras vez, por algunas minutos o quizá horas hasta que pudiera
entender que ahora estaba ahí, dejándose morder por el dolor más violento que
ha sentido en toda su vida. Frente el al ataúd donde Claudia a partir de ahora
se pudre.
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